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Ser instructor de Pilates es un privilegio: no lo olvidemos

Hay momentos en la carrera profesional en los que algo aparentemente obvio adquiere un significado distinto.

No porque nadie nos lo hubiera dicho antes.

Sino porque, después de años de trabajo, cansancio, aprendizaje, clases temprano por la mañana, clientes que van y vienen, estudios distintos y muchas horas de estar de pie, finalmente logramos verlo con mayor claridad.

En esta etapa de mi carrera me he dado cuenta de algo que quiero decir como salga:

Ser instructor de Pilates es una profesión profundamente privilegiada.

No lo digo para sentir culpa.

Tampoco para alimentar el ego.

Lo digo porque creo que, de vez en cuando, necesitamos detenernos, reconectar con el origen y agradecer la metodología que recibimos de quienes estuvieron antes que nosotros.

Sin importar el linaje, la escuela o el punto desde el que comenzamos.

Tenemos el privilegio de acompañar procesos reales

Cada semana llegan a nuestros espacios personas que llevan años sin moverse con confianza.

Personas a quienes les intimida entrar a un gimnasio.

Personas que nunca se sintieron cómodas practicando un deporte.

Personas que han escuchado tantas veces que tienen una mala postura, una columna desgastada o un cuerpo débil, que terminaron creyendo que moverse era peligroso.

Y un día deciden intentarlo.

A veces llegan con miedo.

A veces con vergüenza.

A veces sintiendo que “ya es demasiado tarde”.

Ahí comienza una parte muy valiosa de nuestro trabajo.

No estamos para prometer curas milagrosas ni para invadir el terreno de médicos, ortopedistas o fisioterapeutas. Cada profesión tiene su lugar y sus responsabilidades.

Pero desde nuestro campo sí podemos hacer algo importante:

facilitar el camino para que una persona vuelva a moverse con mayor control, seguridad y confianza.

Podemos enseñarle que el ejercicio no tiene que sentirse como castigo.

Podemos ayudarle a reconocer su cuerpo.

Podemos construir progresiones razonables.

Podemos acompañarle mientras desarrolla una base de fuerza, coordinación y conciencia corporal que después le permita caminar más, subir escaleras, cargar cosas, retomar otra actividad o simplemente sentirse más capaz en su vida cotidiana.

Eso no es poca cosa.

No damos solamente clases

Con el tiempo entendemos que nuestro trabajo no consiste únicamente en aprender repertorios o dirigir secuencias.

Una persona no siempre recuerda todos los ejercicios que hizo durante una sesión.

Pero sí recuerda cómo la hiciste sentir.

Recuerda si se sintió observada sin sentirse juzgada.

Recuerda si explicaste con paciencia.

Recuerda si supiste adaptar un movimiento sin hacerla sentir incapaz.

Recuerda si transmitiste seguridad.

Recuerda si, después de muchos años de desconectarse de su cuerpo, logró salir de una clase pensando:

“Tal vez sí puedo.”

Ahí está una parte del verdadero valor de ser instructor de Pilates.

También existe un privilegio laboral

Hay otra parte que vale la pena reconocer con honestidad.

En muchos casos, trabajar como instructor de Pilates nos permite construir horarios relativamente flexibles, colaborar con diferentes estudios, conocer personas diversas y crear distintas fuentes de ingreso.

No siempre sucede de la misma manera.

No todos los mercados son iguales.

No todas las ciudades ofrecen las mismas oportunidades.

Y no todas las etapas profesionales se sienten estables.

Pero para muchas personas esta carrera abre posibilidades que no son comunes en otros trabajos: organizar bloques de clases, reservar ciertos días para actividades personales, colaborar en distintos espacios o desarrollar proyectos propios.

En mi experiencia, Pilates ha sido una profesión que ha traído el pan a la mesa de mi casa.

Y eso merece gratitud.

Agradecer no significa romantizar

También quiero decirlo con claridad:

No todo es color de rosa.

Hay días en los que levantarse temprano cuesta.

Hay horarios que comienzan mientras otras personas en casa todavía duermen.

Hay instructoras que necesitan acomodar clases alrededor de la escuela de sus hijos.

Hay momentos en los que la voz se cansa.

Hay semanas en las que las piernas pesan después de tantas horas de estar de pie.

Hay personas que trabajan de forma independiente y deben resolver por su cuenta temas como impuestos, vacaciones, seguridad social y estabilidad económica.

También existe el desgaste mental de sostener energía, atención y empatía durante varias sesiones consecutivas.

Agradecer la profesión no significa negar esas dificultades.

Significa mirarlas de frente sin olvidar por qué elegimos continuar.

El Scout ríe y canta en sus dificultades

Hay una frase que aprendí en los scouts y que me ha acompañado durante muchos años:

“El Scout ríe y canta en sus dificultades.”

No significa fingir que todo está bien.

No significa sonreír de manera artificial cuando el cuerpo está cansado o cuando una situación laboral necesita cambiar.

Para mí significa algo distinto:

Recordar que una dificultad no tiene que arrebatarnos el sentido de lo que hacemos.

Podemos reconocer el cansancio y, al mismo tiempo, agradecer la oportunidad.

Podemos pedir mejores condiciones y seguir valorando nuestra profesión.

Podemos defender nuestro trabajo sin perder humildad.

Podemos aspirar a ganar mejor sin olvidar que cada persona frente a nosotros confía en nuestro criterio.

El privilegio también exige responsabilidad

Cuando entendemos el valor de esta profesión, aparece una responsabilidad inevitable:

seguir preparándonos.

No podemos acompañar a las personas desde la improvisación.

No podemos quedarnos únicamente con lo que aprendimos en nuestra primera certificación.

No podemos convertir una clase en una lista automática de ejercicios.

El cuerpo humano cambia.

Las necesidades de nuestros alumnos cambian.

Nuestro contexto cambia.

Y nosotros también necesitamos evolucionar.

Seguir estudiando anatomía.

Refinar nuestra observación.

Comprender mejor el movimiento.

Aprender a comunicar con claridad.

Reconocer nuestros límites.

Derivar a otros profesionales cuando corresponde.

Actualizar nuestras herramientas.

Escuchar más.

Explicar mejor.

Corregir con respeto.

La formación continua no debería sentirse como una carga impuesta desde afuera.

Es una manera de honrar el privilegio que tenemos.

Las personas siguen necesitando moverse mejor

Las modas cambian.

Los estilos de estudio cambian.

Los colores, los formatos, los algoritmos y las tendencias en redes sociales también cambian.

Pero ayudar a una persona a moverse mejor no pasa de moda.

La necesidad de recuperar fuerza no pasa de moda.

La necesidad de volver a confiar en el cuerpo no pasa de moda.

La necesidad de sentirse acompañado al comenzar tampoco pasa de moda.

Cuando una persona encuentra un trabajo serio, humano y con criterio, suele notarlo.

Y cuando se siente cuidada, muchas veces se queda.

No porque prometamos milagros.

Sino porque construimos confianza.

Hoy elijo agradecer

Hoy prefiero mirar esta profesión desde el agradecimiento.

Agradecer a quienes transmitieron el método antes que nosotros.

Agradecer a quienes confiaron en nuestras clases cuando todavía estábamos aprendiendo.

Agradecer a quienes regresan semana tras semana.

Agradecer la posibilidad de seguir creciendo.

Agradecer que nuestro trabajo pueda mejorar la relación de una persona con su cuerpo.

Y también asumir la responsabilidad que viene con ese privilegio.

Seguir estudiando.

Seguir avanzando.

Seguir construyendo.

Seguir enseñando con criterio.

Porque ser instructor de Pilates no es solamente dar clases.

Es acompañar a personas que, muchas veces, están intentando recuperar algo muy importante:

la confianza en sí mismas.

Y ahora me gustaría saber tu opinión:

¿Qué es lo que más agradeces de trabajar en Pilates?

Te leo en los comentarios.

Joseal Pantoja
Pilates Insider

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